La Huelga de 1919

La Huelga del 16 de marzo de 1919 y sus antecedentes

EL SINDICALISMO EN AMÉRICA LATINA

Desde principio del siglo XX se organizaron en América Latina Corporaciones de artesanos y sociedades de socorro mutuo, como las Sociedades Democráticas que surgieron en Colombia hacia 1850, pero esto fue superado rápidamente y un auténtico sindicalismo se desarrolló en todas las grandes ciudades. Se trataba de un sindicalismo de combate, que desde el principio tuvo una fuerte coloración política y se asoció a la lucha anticapitalista y antiimperialista.

Este joven movimiento obrero fue dominado, en algunos países, por el Anarcosindicalismo, que disputó la dirección obrera al Mutualismo. Los anarcosindicalistas iniciaron el movimiento obrero con la acción violenta en el periodo comprendido entre 1890 y 1920. Tal tendencia dominó el panorama argentino hasta 1910 y al movimiento peruano hasta 1919. Mientras tanto, las sociedades de resistencia creadas en Chile, a partir de 1905, llegaron a agrupar hasta 50.000 adherentes.

Esta fase estuvo marcada por la precocidad de la conciencia de clase, en la dirección del movimiento obrero, debido a la educación sindical ofrecida inicialmente por los anarcosindicalistas. Las inmigraciones llegadas a Argentina y Chile son las directamente responsables, pues vinieron obreros que habían adquirido en Europa experiencia en este tipo de lucha. No era raro que fueran refugiados que huían de la represión político-patronal o gubernamental. Al llegar a América, ellos encontraron tales condiciones de trabajo que, el despertar de la conciencia proletaria fue muy fácil de obtener.

El sindicalismo latinoamericano nació, por así decirlo, de la lucha contra el capitalismo y los grandes monopolios, que la mayoría de las veces eran de origen extranjero. Esto facilitó aún más la labor porque fue más sencillo estar consciente de la diferencia de intereses entre un obrero y un extranjero “explotador”. Era más fácil el traslado de la conciencia nacional a la conciencia de clase dentro del contexto de la inversión extranjera.

En Colombia no se dio esta etapa anarcosindicalista, pues la inmigración fue nula. Los primeros sindicatos surgen, como es natural, dentro de los obreros calificados de la navegación y los ferrocarriles, donde el patrono no puede encontrar fácilmente reemplazo en la mano de obra, que en otras actividades no tiene límite.

El movimiento sindical latinoamericano nació, se organizó y encontró su expresión política en partidos que eran o se decían proletarios. En América Latina coexistían las siguientes cuatro categorías de obreros dentro de las cuales no era fácil encontrar vínculos de solidaridad:

    1. Obreros agrícolas de las plantaciones modernas de tipo capitalista.
    2. Mineros de metales preciosos o útiles.
    3. Obreros de industrias de transformación, como siderúrgicas, textiles y mecánicas.
    4. Obreros que trabajan en los puertos, ferrocarriles, empresas navieras y, en general, en las empresas de transporte.

Seguramente las condiciones de trabajo variaban de una categoría a otra y de un país a otro, pero se puede decir que ya a finales del siglo XIX se había iniciado un movimiento de unión dentro de la clase obrera.

Entre 1900 y 1930 las huelgas se multiplicaron en todo el continente, las quejas eran siempre las mismas: bajos salarios, jornadas muy largas, condiciones de trabajo infrahumanas, entre otras. Y las peticiones idénticas: salario mínimo, descanso dominical, jornadas de ocho horas, entre otras.

Hay que anotar que las condiciones de trabajo eran casi siempre aterradoras. En Bolivia, por ejemplo, el promedio de vida de los mineros era de 30 años. En Argentina los obreros de los frigoríficos morían de tuberculosis en altísimo porcentaje. Y, en Chile, la silicosis atacaba a los niños.

El alojamiento de los trabajadores era paupérrimo: las favelas, las chozas, los conventillos donde vivían varias familias en una sola habitación eran algo corriente en todas las grandes ciudades. Cualquier mejora real debía ser arrancada literalmente de los patrones y, muchísimas veces, se pagaba con la vida de los obreros.

Al hacer un estudio de los movimientos obreros de esta época, más que la larga lista, impresiona la combatividad de algunos de estos sindicatos. Casi todos los países estaban presentes para ilustrar estas acciones reivindicativas.

En Chile, se presentaban paros desde principios de siglo: en 1900 los obreros portuarios de Valparaíso, en 1905 los obreros de los frigoríficos de Santiago, en 1906 los obreros ferroviarios, etc. Todos estos movimientos fueron reprimidos por la fuerza.

En Brasil, en julio de 1917, la Federación Obrera del Estado de Rio Grande do Sul organizó una huelga general que obtiene un aumento del 25% de los salarios para los empleados del gobierno y de los obreros portuarios y ferroviarios. Mientras tanto, en Venezuela, la primera huelga por salarios fue en 1911. Y, en Colombia, la huelga más importante fue la de las bananeras de la United Fruit Company, que fue reprimida por el ejército en 1928 causando la muerte de más de mil personas.

Por su parte, en Ecuador, la huelga general de los trabajadores de Guayaquil fue el punto de partida de una verdadera insurrección proletaria reprimida violentamente en 1922. En Argentina, durante 1909 se contaron 938 huelgas y en 1911 se llevaron a cabo grandes paros ferroviarios y marítimos: la huelga general originada en la metalúrgica de Vasena fue rota a golpes de fusil durante la llamada “semana trágica”. Solamente la revolución mexicana, que recupera el movimiento obrero, obtuvo una disminución de las huelgas.

Las autoridades se negaron a admitir la necesidad de reformas estructurales y consideraron peligrosamente revolucionarios los esfuerzos tendientes a modificar institucionalmente la condición obrera. Lo cual no se debió tanto al egoísmo o al desconocimiento de la situación real de los trabajadores, como sí a la incomprensión de los nuevos problemas presentados por la revolución industrial. Es preciso decir que algunos entendieron que la cuestión obrera planteaba un problema, no sólo de caridad, sino de justicia, aunque a menudo se la contemplaba desde un punto de vista muy paternalista.

Suárez con su gabinete, 1921. Colección Particular. ©TeresaMorales
Suárez con su gabinete, 1921. Colección Particular. ©TeresaMorales

ORGANIZACIONES COLOMBIANAS

En 1906, la primera organización gremial de artesanos consiguió personería jurídica en Colombia, se trataba del Sindicato de tipógrafos. Esta personería se concedió en 1910 a cuatro agrupaciones más y durante los años de 1917 a 1924 aumentó considerablemente el número de organizaciones gremiales reconocidas por ley. Ya para 1930, los sindicatos con personería jurídica eran casi un centenar.

Estos núcleos fueron decisivos en la formación del movimiento sindical propiamente dicho, pues las agrupaciones más efectivas y vigorosas eran las conformadas por ferroviarios, marinos y trabajadores portuarios. Estos eran forzosamente los más poderosos, ya que de ellos dependían las comunicaciones, las exportaciones del café y, en suma, el movimiento total del país. Toda la infraestructura reposaba en su actividad.

Como algunas de las vías férreas eran todavía concesiones a extranjeros, las luchas obreras eran también luchas antiimperialistas. Esta situación provocó, hacia finales de 1919, un paro, con rasgos combativos, de trabajadores del ferrocarril de la Dorada, que era una concesión inglesa. Había aparecido una nueva clase y una nueva posición ideológica: el proletariado. A menudo con tendencias moderadas y conciliatorias, pero que empezaba a “beber en las fuentes del socialismo”, como pedía Uribe Uribe.

“El gobierno respondió a la actividad obrera con cierto paternalismo hostil”, dice Jorge Orlando Melo (1991). En el decreto en que se regulaba el derecho de huelga, se decía explícitamente que el trabajador podía interrumpir su trabajo, si quería; pero que el patrón podía contratar esquiroles. Más adelante se declararon ilegales los paros en las empresas de transporte, por ser un servicio público, y se hizo obligatorio que los huelguistas se sometieran a un periodo de conciliación antes que estallara el paro.

En 1913 nació otro tipo de organización: la “Unión obrera de Colombia”, con sede en Bogotá. Esta entidad, que agrupaba tanto a trabajadores como patronos, exigía del gobierno una serie de medidas proteccionistas y se declaraba fuera de toda actividad político-partidista.

Con una inspiración socio-cristiana surgió en 1919 la “Confederación de Acción Social” que, aunque decía estar fuera de las luchas políticas, pretendía tener representación en el parlamento. Esta confederación sirvió de apoyo más adelante al General Benjamín Herrera en 1922. Pero hasta 1919, los sindicatos no son propiamente proletarios sino gremiales y mutualistas, integrados por artesanos dueños de los instrumentos de producción.

A partir del año de 1919 empezaron a notarse movimientos reivindicativos coherentes y las primeras agrupaciones obreras se organizaron de una manera más combativa. Nació entonces, un sindicalismo de clase más moderno y con propósitos más claros. Las industrias de esa época eran incipientes: la textil, que era la de mayor importancia, ocupaba básicamente mujeres. Hay que anotar que, llegado el momento, demostraron gran capacidad de organización y sacrificio.

En los primeros días de 1919 se produjo un paro general de transportadores: agrupaba a los trabajadores de los ferrocarriles de la Sabana, del Norte y del Sur. Además, a los bogotanos del tranvía se les unen los de las principales fábricas de manufacturas y algunos gremios artesanales. Los ferroviarios lograron un aumento notable de sus salarios, pero el resto de los obreros no obtuvo el mismo éxito.

El año 1919 resultó crucial, pues se constituyeron numerosas organizaciones, casi todas se proclamaban socialistas y ajenas a las luchas de los partidos tradicionales. También, fuertes agremiaciones artesanales de zapateros, sastres y albañiles que recuerdan las sociedades de mediados del siglo XIX.

En Bogotá, el gobierno reconoció oficialmente el derecho de huelga, así como el descanso dominical pero no remunerado. También, se fundó el partido socialista, integrado por intelectuales, estudiantes y trabajadores. La plataforma que dieron a conocer era básicamente reivindicativa: pedían asistencia pública, jornales mínimos, mejoras en las condiciones sanitarias, campañas de salubridad, prohibición de trabajo para los niños y arbitraje obligatorio en caso de prolongarse la huelga. Así, los obreros acogieron la plataforma socialista con gran entusiasmo y votaron caudalosamente por el nuevo partido.

Esto preocupó, naturalmente, a los líderes del partido liberal que hasta ese momento contaban con los votos de la población obrera urbana. Acto seguido, se apropiaron de algunos de los postulados socialistas, lo cual obligó al naciente partido obrero a radicalizar aún más sus exigencias. Dice Melo (1991): “Si el programa socialista de 1920 había sido superado por la Convención Liberal de Ibagué, apenas dos terceras partes de la plataforma elaborada por el Tercer Congreso Socialista fue aceptable para los liberales.

Los socialistas exigieron en esa ocasión la nacionalización de la tierra, del carbón, del petróleo y del platino. Pedían el divorcio absoluto, la igualdad legal entre hombres y mujeres, el control de precios y de arrendamientos, los jornales de ocho horas, la ampliación del derecho de huelga, la eliminación del ejército, entre otras cosas.

A finales de la Primera Guerra Mundial, surgió con gran vigor la toma de conciencia del proletariado. Esto cambió todo el panorama social y tanto los jóvenes intelectuales como la clase proletaria miraron con ilusión las nuevas teorías sociales. La revolución soviética de 1917, el Manifiesto de los estudiantes de Córdoba, Argentina en 1918, la triunfante revolución mexicana, el pensamiento marxista del peruano José Carlos Mariátegui y los planteamientos antiimperialistas del Apra, cambiaron definitivamente la manera de pensar de los dirigentes obreros.

En Colombia, los obreros portuarios fueron los primeros en entrar en contacto con las ideas anarcosindicalistas y fue por allí, precisamente, donde surgieron los movimientos mejor organizados y con mayor conciencia de clase. Durante el gobierno de Marco Fidel Suárez se inició un movimiento sindical muy vigoroso, que principió con un paro de los trabajadores portuarios de Barranquilla. Pero, dentro de los mismos obreros se presentó un conflicto: los huelguistas amenazaron a quienes no se les habían unido con privarlos del agua y acabaron levantando los rieles del ferrocarril que la llevaba a Puerto Colombia. Esto hizo que la situación degenerara rápidamente y, se hizo necesaria la intervención del ejército. Pero, aun así, los obreros obtuvieron un aumento del 50% de su salario.

Ante este éxito inesperado, surgieron infinidad de paros. Entre ellos se recuerda uno de la ciudad de Cartagena organizado por la Sociedad de Artesanos. Después de que se llegó a un acuerdo con los patrones, los miembros de la Sociedad se declararon insatisfechos y se negaron a cumplir su palabra. Entonces, se organizó una manifestación que degeneró en motín y una vez más intervino el ejército. Esta vez, dos civiles y un policía murieron.

La organización sindical todavía no estaba perfeccionada, los obreros, fácilmente exaltados, se dejaban llevar al pillaje y al saqueo y, a su vez, el ejército y la policía reprimían violentamente los ataques a la propiedad privada. Estos antecedentes preceden a la huelga del 16 de marzo.

Suárez declaró turbado el orden público en la costa atlántica y prohibió las reuniones de cualquier comité de huelga permanente. Dice Urrutia (2015) en su libro Historia del Sindicalismo en Colombia:

El Decreto 2 de 1918 también estableció que ningún trabajador podía ser representado por una persona que no perteneciera a su gremio o no tuviera empleo en su misma empresa, y que quienes no satisficieran estas condiciones, pero participaran en la huelga podían ser encarcelados. También se declaró explícitamente que ningún extranjero podía participar en una huelga, so pena de ser deportado. Finalmente, se aclaró que el único derecho que tenía el trabajador era el de abandonar el empleo, lo cual, de hecho, prohibía los comités de huelga permanentes, las manifestaciones y los piquetes de huelga. (p. 51)

De acuerdo con las características anotadas por Urrutia, se deduce que los movimientos de la costa tenían una fuerte participación extranjera y que los dirigentes sindicales no eran obreros pertenecientes a las empresas en paro. Así mismo, se hace evidente la influencia de argentinos y chilenos en las regiones colombianas que se llamarían más “cosmopolitas”.

Condiciones muy parecidas podemos observar en la huelga de los trabajadores del ferrocarril de Santa Marta, que se habían unido a los del puerto. Casi inmediatamente, la huelga se convirtió en motín, con los consabidos saqueos y la destrucción de las líneas telegráficas entre Santa Marta y Ciénaga (enclave del emporio bananero). Esta vez, los trabajadores obtuvieron un aumento del 25% de su salario.

A finales de 1918, se fundó la “Confederación de Acción Social”. Las ideas paternalistas y cristianas de los estatutos permitieron al señor Suárez aceptar la presidencia honoraria de la Sociedad. No obstante, pronto esta confederación cambió de ideología, no era una iniciativa obrera, pero fomentó su organización; se convocó a un Congreso Obrero en enero de 1919 al cual concurrieron más de 500 delegados. En esta época parece que llegaron a contarse hasta 20 sindicatos en Bogotá.

En este Congreso el movimiento se desligó de los partidos tradicionales. En la Gaceta Republicana del 14 de enero de 1919, se reprodujeron las palabras de don Jorge Celis, quién había dicho:

Llegada la hora de elegir los miembros que han de formar la Confederación Obrera, debemos poner nuestros ojos en aquellos obreros verdaderamente socialistas… No daremos entrada ni abrigo a ningún partidario ni agente de otras ideas políticas que no sean las nuestras. Trataremos de salvar al obrerismo de los políticos de profesión. (Gaceta Republicana, 1919)

La ideología de los movimientos todavía no estaba suficientemente estructurada, pues a las ideas socialistas criollas se unía una ideología cristiana de Acción Católica y un rechazo frontal de las ideas anarquistas, pero sus propósitos, aunque algo confusos, eran llevar a cabo reivindicaciones laborales de tipo social sin ninguna participación política nacional o internacional.

En febrero de 1919 se creó la Primera Sociedad Industrial, que agrupaba artesanos, zapateros, carpinteros y ebanistas. Otra semejante agrupaba a los obreros de la construcción. Dos características relevantes en estos movimientos eran, por un lado, la toma de conciencia de su poder como clase y la tendencia a que degeneraran en violencia por parte y parte; por otro lado, los obreros sabían que tendrían éxito finalmente y las autoridades creían que el pillaje y el desorden solo podían ser reprimidos violentamente. Esta última característica se notará en la huelga del 16 de marzo de 1919 y en la otra muy sangrienta de 1928 ocurrida en las bananeras.

La consecuencia inmediata del asalto a la propiedad privada fue que los comerciantes y los liberales burgueses reaccionaron apartándose de las ideas socialistas. Todas las asociaciones gremiales del interior del país se semejaban notablemente a las Sociedades Democráticas de mediados del siglo XIX, aunque éstas tenían, evidentemente, mayor carga política. Hay que anotar que cuando el General Melo dio su golpe de cuartel y se desató la guerra civil, los artesanos fueron doblemente derrotados.

LA HUELGA DEL 16 DE MARZO DE 1919

En agosto de 1919 se celebraba el centenario de la batalla de Boyacá. El gobierno, por medio de su ministro de Guerra, General Roa, se dispone a aperar al ejército de uniformes y calzado. Los miembros de la Sociedad Comercial del gremio de zapateros, el 26 de febrero, dirigen un memorial protestando por la firma del contrato para la confección de 2000 pares de botas con un individuo ajeno a la profesión, se quejan de que este contrato desplaza a sus asociados y agrega que los artículos estarán mal confeccionados dado que el contratista no conoce su oficio. Dice así dicho memorial:

“La Comercial de Zapateros ha determinado hacer presente al Sr. ministro, de la manera más respetuosa, que ella está en capacidad de suministrar toda clase de calzado para la tropa.”

Ese mismo día la Gaceta Republicana, órgano periodístico del partido demócrata, dice en su editorial:

Nada más oportuno, justo y prudente que el anterior memorial que la Sociedad Comercial de Zapateros acaba de dirigir al señor ministro de Guerra, quien haciendo caso omiso del justo clamor del pueblo que carece de trabajo y de pan, pretende obtener por medio de agentes extranjeros y compinches, los materiales, artículos y elementos que necesita el ejército y que nuestros trabajadores y fabricantes están en capacidad de producir.

El viernes, 14 de marzo, la Gaceta Republicana publica un editorial firmado por “Un trabajador”. Este trae la aclaración de que es la firma de “Un obrero honorable”.

GACETA REPUBLICANA

República de Colombia.

Bogotá, viernes 14 de marzo de 1919.

UN ENEMIGO DEL PUEBLO

En el Diario Oficial del miércoles está publicado el decreto del Sr. Suárez y del Sr. Roa, su ministro de Guerra, por el cual se nombra dos oficiales favoritos de este último, para que se dirijan al exterior a comprar allá el vestuario y el equipo del ejército. En los últimos tiempos no se ha dictado medida alguna más perjudicial para las clases trabajadoras.

Sin pretexto, sin razón alguna, por el sólo placer de ver sumidos en la miseria a sus conciudadanos, el ministro de Guerra se resuelve a dar un paso que condena al hambre a numerosas familias y que dejará sin trabajo a muchísimos obreros.

Nada más natural que encargar la confección del vestuario del ejército a una multitud de infelices señoras que no cuentan para vivir sino el exiguo producido de una labor fatigosísima, en la que consumen largas vigilias con la aguja entre los dedos, mientras la tisis y la anemia corroen el organismo enflaquecido de la pobre madre, que no tiene con qué poner a sus hijos en la escuela y para la que no ha habido un momento de descanso ni felicidad.

Nada más justo que encomendar a los obreros de zapatería -tan numerosos y hábiles- que en la ciudad se encuentran, la manufactura del calzado de la tropa en momentos en que muchos miembros del gremio carecen de ocupación.

Nada más razonable que emplear en el equipo del ejército, en cuanto sea posible, telas, pieles y materias primas producidas en el país, para que ampliadas las fábricas tenga el pueblo donde acudir a ganar honradamente con qué comer.

Pero se hace todo lo contrario: a infelices señoras, que en la costura ganan escasamente un pan amargo y duro, a los obreros que tienen derecho a que se les prefiera en el encargo de productos que se van a pagar con el dinero del pueblo contribuyente, a los industriales y obreros de las fábricas que esperan un estímulo a su labor patrióticas, el Sr. Roa arranca de las manos el trabajo, y los condena a la inacción y por lo tanto al hambre.

Y no es que la manufactura extranjera sea mejor. Es que por ese medio se pueden hacer pingües negocios. Hace poco se hizo un contrato para comprar calzado extranjero el cual resultó con suela de cartón. Seguramente tienen ahora entre manos otra especulación ignominiosa como tantas anteriores.

Pero ha llegado la hora en que el pueblo impida, consciente de su fuerza, que se especule con su dinero y su trabajo, y que se castigue a sus enemigos.

El domingo el gremio obrero de Bogotá va a hacer al presidente de la República las mismas justas peticiones: que se le permita trabajar. Que no se le impida ganarse el pan porque el pueblo tiene derecho a vivir y está dispuesto a hacer valer sus derechos por encima de las instituciones y propósitos de un ministro que está acusado de carecer de probidad personal y que quiere especular con las necesidades nacionales.

¡Obreros, empieza la hora de nuestra justicia!

¡Ay de nuestros cobardes enemigos!

UN TRABAJADOR

(Hay firma responsable de un obrero honorable)

El sábado 15 aparecen las paredes de la ciudad empapeladas con invitaciones a la manifestación del día siguiente. Se invita a todos los obreros a reunirse en la Plaza de los Mártires para de allí iniciar una marcha pacífica hacia el Palacio Presidencial.

Ese mismo día, víspera de la manifestación, el gobierno deroga el decreto. Dice Urrutia (2015):

Los Socialistas de La Gaceta, claro está, pasaron por alto la derogación del decreto, pues tenían necesidad de una excusa para hacer un despliegue de fuerza. Cuando el domingo más de 3000 trabajadores y estudiantes llegaron al palacio presidencial, con una irresponsabilidad característica los oradores actuaron como si el decreto todavía estuviera vigente. (p. 58)

Una gran cantidad de personas se reunió en la Plaza de Bolívar. Vino un grupo muy caudaloso del Parque de los Mártires, sitio escogido por los organizadores para su reunión. El Capitán Manrique Páramo se dirigió a la multitud con palabras vehementísimas, hizo violentos ataques a los directorios políticos de los partidos tradicionales, al ministro de guerra y al gobierno del presidente Suárez. También, sugirió el Capitán Páramo que la derogación del decreto se debía al miedo que le producía esta poderosa manifestación de obreros colombianos. El Capitán terminó su arenga y la manifestación se dirigió al palacio de la Carrera. Entre tanto, El señor Suárez salió a uno de los balcones, pero la manifestación ya “estaba fuera del control”. (Urrutia, 2015) (8)

El presidente oyó el discurso del representante de la Asamblea de Obreros Marco Tulio Amorocho y empezó a leer su contestación: “Debido al alboroto callejero, al ruido de la lluvia que cae en esos momentos y a la débil voz del señor Suárez, las palabras de este no alcanzan a ser oídas por los manifestantes”. (Galvis, 1974, p.215)

La muchedumbre comenzó a lanzar piedras y a gritar vivas al socialismo. Manrique Páramo ya no pudo explicarles a los obreros que la causa aparente de su manifestación había sido removida. El señor Suárez resolvió suspender la lectura de su discurso, entrar al salón principal y leer allí su comunicado a los líderes del movimiento, quienes salieron al balcón para tratar de explicar la situación, pero esto ya no era posible. De los gritos y pedradas los manifestantes pasaron a la violencia, trataron de penetrar al Palacio, forzando la guardia presidencial, que intentaba rechazarlos a culatazos. El furor aumentaba y el general Sicard Briceño, más adelante acusado de la agresión al pueblo, explicaba así su situación:

Serían las cuatro de la tarde cuando se me avisó que las manifestantes atacaban a pedradas y a balazos el Palacios Presidencial. Salí al atrio para observar qué ocurría y en ese momento se oyeron disparos en la Calle de la Carrera. Lo que me dio a entender que la guardia de honor del Excelentísimo Señor presidente de la República había cumplido con el deber de defender la mansión presidencial.

Momentos después un grupo de unos ochenta o ciento de estos revoltosos invadió al atrio del Capitolio y se me dirigió para reclamarme orden para que la tropa no abaleara al pueblo. A lo cual contesté que yo no era el comandante militar de la Plaza, a quién corresponde estas funciones, que sentía lo ocurrido, pero que ellos tenían la culpa por haber atacado el Palacio. En ese momento se me llamó por teléfono por teléfono y al volver la espalda para entrar al Capitolio fui atacado a pedradas y amenazado con bastones. Regresé en el acto sobre el grupo y en medio de ellos y para amedrentarlos saqué mi pistola e hice un disparo al suelo. Con lo cual el grupo se disipó en todas direcciones (…)

(…) A eso de las cuatro y media, varios grupos de manifestantes se dieron a la tarea de romper las puertas del almacén de los señores Vergara Hermanos en la acera Norte. Mandé una escolta a impedirlo…” Un individuo de apellido Criales, quién hacía parte de un grupo de manifestantes, gritaba a otros diciéndoles que fueran a los Bancos y a los Almacenes, donde encontrarían la plata que necesitaban… En estos momentos atravesaban la plaza a caballo los Mayores Luis Ramírez, Félix Restrepo y el Capitán Carlos F. Buitrago. La turba se lanzó sobre ellos repitiendo las pedradas. Ellos se detuvieron y se mandó otra escolta para protegerlos. Al regresar esa a su puesto el populacho se vino encima y lanzó una lluvia de piedras hiriendo a un sargento y a un soldado a lo cual los soldados volvieron caras disparando sobre el motín (…) (Gaceta Republicana, 1919)

En la misma edición hay una réplica al General Sicard Briceño, hecha por el Capitán Manrique Páramo en el que solamente hace una descripción de su propio valor, dejando sin contestación el verdadero argumento: “Los soldados estaban armados de fusiles y los manifestantes de piedras. Y a las puertas del Palacio han quedado siete obreros muertos y quince heridos, algunos de ellos muy graves.”

La prensa liberal reseña así el asunto:

Los líderes tratan de calmarlos, pero la agitación continúa. Llovía. Empezó a disgregarse la manifestación. Los últimos en dispersarse lanzan piedra contra el Palacio. Entonces se saca una ametralladora que se había alistado desde antes. La tropa y la policía disparan contra la multitud. La orden, parece, la dio el ministro de gobierno, General Arango y el jefe de la división, Francisco Urdaneta. Suárez, parece, no fue consultado. Después hubo intentos de saqueos frustrados. Solo se saqueó un almacén de San Victorino, en busca de armas.

(…) Los detalles de la tragedia de ayer.

(El Tiempo, 17 de marzo de 1919)

Los dirigentes del partido liberal capitalizaron la situación, visitando al presidente esa misma tarde para saber cuál sería la actitud del Gobierno respecto de los graves sucesos, pues “ellos como partido liberal ‘natural protector del pueblo’ quieren prestar su cooperación para evitar un conflicto (…)”

En el Sueño de la Ingratitud, años más tarde, dice Suárez:

Así se cumplió la acción del Gobierno dentro de los límites del derecho y del deber, sin que la Ley Humana fuese quebrantada y sin que la Ley de Conciencia se desatendiera, porque qué hubiera dicho La República si el encargado de defender los fueros de la autoridad se hubiera plegado ruinmente a complacer las exigencias del odio gratuito, poniendo mansamente la cerviz bajo la bota de los que proclaman la libertad y preparan la violencia, de los que se dicen partidarios del orden y la justicia cuando en la historia dejan rastros indelebles de insubordinación y de irrespeto? (Suárez, Los Sueños Tomo II, p. 203)

Dice Urrutia (2015):

Después de los hechos, tanto el presidente como su ministro de Guerra sostuvieron no haber dado la orden de abrir fuego, pero esta declaración no hizo nada para mejorar el prestigio del Gobierno. Pero la verdad es que los líderes socialistas tuvieron mucha de la culpa de la matanza. Sacrificaron siete vidas sin razón alguna.

Se echa de ver que esta manifestación adolecía de varios defectos. De un lado, la inmadurez política de los manifestantes que se dejaban llevar por la pasión y la emotividad, sin saber a ciencia cierta para dónde iban y quién los conducía. Del otro, la inmadurez de los dirigentes, que no supieron calcular la reacción de sus propias palabras y lanzaban editoriales y consignas llenas de fuego, pero cuando la violencia de un pueblo inculto se les salía de las manos, la culpa del “Domingo Sangriento” la tenía forzosamente aquel a quien llamaron “el presidente asesino”. Cosa semejante ocurría con el ejército, armado para defender y entrenado para lo mismo, no era capaz de resistir la provocación sin disparar.

Amarga realidad y muy actual es la forma en que el pueblo aprovecha el desorden para saquear y robar. El gobierno tenía la experiencia de las huelgas en la costa que habían degenerado en motín y pillaje. Los gremios, que hubieran podido establecer una base para negociaciones más serias, perderían sus energías en mera agitación y atrajeron la hostilidad del gobierno y de la burguesía que veía amenazadas sus propiedades.

Aunque no parece que el acuerdo con los socialistas trajera a los sindicatos una fuerza concreta en sus reclamos, la alianza de los obreros con un grupo que tenía una cierta ideología y una cierta cultura los hacía más respetables. Esto favoreció la imagen de la clase obrera. Los liberales, ansiosos de recuperar las votaciones urbanas tuvieron que replantear sus postulados y defender los intereses de los obreros.

Para tener una idea clara del pensamiento de Marco Fidel Suárez sobre el Socialismo, es preciso leer su mensaje al Congreso en 1919. Dice así:

Este punto exige la expedición de una ley que conozca el derecho a la suspensión del trabajo y a la demanda de mejores condiciones en el salario y en las horas, pero que impida al mismo tiempo que la suspensión vaya acompañada de sediciones o motines contra las autoridades, los empresario o los particulares, de los que aspiran a la mejora de su condición puede hacerse efectivo por medio de representaciones pacíficas, sin que sea lícito recurrir a medios incompatibles con la tranquilidad social, ocasionados a delitos o dirigidos a impedir la competencia de otros trabajadores. Este es tanto más justo, cuanto más sencillos son aquí de resolver los conflictos entre el obrero y el empresario, una vez que la reducida oferta de trabajo, la demanda creciente de brazos, y el prospecto que ofrecen la agricultura, las fábricas y las empresas de transporte, para asegurar el bienestar del operario si, junto con el trabajo andan el ahorro y la moralidad.

No existiendo aquí el proletariado, puede afirmarse que los desórdenes que afligen a otras naciones en estas materias carecen en Colombia de razón de ser. Por esto conviene que legisléis, si lo estimáis conveniente reconociendo el derecho y el deber que me he atrevido a exponeros.

Y más adelante, en el “Sueño de los Gitanos”, escrito en febrero de 1927, dos meses antes de morir, dice:

Pero también es artículo esencial de esta materia el ilustrar en forma concienzuda y franca a los obreros, a fin de que disciernan enemigos de amigos, no considerando tales a los advenedizos que en los que menos piensan es en el bienestar de sus semejantes. Hay que procurar que los trabajadores, guiados por el amor patrio y la hombría de bien, procuren su propia mejora, pero por medios pacíficos, sin alterar la actividad del trabajo y de la industria”. (p. 542)

CONCLUSIONES

Marco Fidel Suárez era un hombre profundamente creyente. Su fe en Dios era tal, que lo llevó a penetrar en un mundo que le era ajeno cuando pensó que su deber como cristiano era defender la doctrina de Cristo en una sociedad cada vez más materialista. Además de cristiano fervoroso, Suárez era un devoto súbdito de la Iglesia Católica y la Iglesia miraba la cuestión social con cierto recelo, pues se aceptaba el derecho de los obreros a luchar por su salud, su bienestar y su felicidad; pero debían hacerlo dentro de un gran respeto por las jerarquías y por el ordenamiento legal vigente. Suárez veía un serio conflicto entre las luchas de la clase obrera, que sabía justas, y los métodos violentos que empleaba, pues repudiaba cualquier intento de trastornar el orden social.

El partido conservador tuvo un tropiezo que no pudo salvar. Siendo el partido del orden y de la autoridad, durante la administración de Miguel Abadía Méndez en los trastornos laborales de 1928, ocurrió la huelga de las bananeras, en el ocaso de la hegemonía conservadora. Esto fue la crisis final de un sistema que tenía que cambiar, no solo en el orden social sino en el laboral y en el político. Marco Fidel Suárez tuvo que manejar una situación que no tenía precedentes en la historia de Colombia y que inició una lucha que todavía no ha terminado.

BIBLIOGRAFÍA:

Diario El Tiempo, 17 de marzo de 1919.

Gaceta Republicana. 14 de enero, 26 de febrero, 14 de marzo, 1919.

Galvis, F. (1974) Don Marco Fidel Suárez. Colombia. Acad. Colombiana de Historia. 485 páginas

Melo, J. (1991) La república conservadora. Colombia Hoy. p.87

Sueños de Luciano Pulgar, Marco Fidel Suárez.

“El Sueño de la Fábula”, Tomo IX. Pág. 297.

“El Sueño de los Gitanos”. Tomo XII. Pág. 542.

“Sueño de Luciano Pulgar”. Tomo II. Pág. 203.

Urrutia, M. (2015) Historia del sindicalismo en Colombia, 1850-2013. Bogotá, Colombia. Ediciones Uniandes, Universidad de los Andes. 338 páginas