La Revolución de 1879

Antecedentes

Marco Fidel Suárez ha pasado su primera juventud en el huerto cerrado de sus lecturas y oraciones. Al salir al mundo, aunque haya sido el sencillo mundo de un maestro de escuela rural, Suárez se ve obligado a tomar partido por aquellos principios suyos que ve amenazados y por esa razón, cuando se le viene encima la realidad, hasta entonces solamente sospechada, se va a la guerra sin vacilación. Aquella guerra no dura sino dos meses, pero con su participación en ella Suárez paga la cuota de colombiano revolucionario del siglo XIX. Esta aventura marca en la vida de Marco Fidel una ruptura definitiva, pues desamarra sus ataduras campesinas y, convencido ya de que no podrá ser sacerdote, decide alistarse en las “montoneras” revolucionarias.

Cuando los radicales llegan al poder, a mediados del siglo XIX, la “cuestión religiosa” convierte a Antioquia en campo de batalla. Los doctrinarios católicos defendían el origen divino de la autoridad, cosa que según ellos daba derecho a la Iglesia para fijar ciertas bases filosóficas para gobernar y que las dos potestades debían actuar independientemente, pues cada una tenía objetos y fines diferentes. Estas ideas despertaban reacciones apasionadas e imposibles de conciliar.

La desamortización de bienes de manos muertas, la disolución de las comunidades religiosas, los decretos sobre la tuición de cultos, las leyes sobre matrimonio civil y divorcio, la administración de los cementerios y sobre todo las leyes   referentes a la educación, fueron medidas que exacerbaron los ánimos tanto de los ministros de la Iglesia como de los católicos devotos. Los estados federales reaccionaron cada uno a su manera, pero en Antioquia, estado muy católico, la protestas fueron violentas. La turbación del orden público fue casi permanente durante los tres primeros años del gobierno radical.

Por otra parte, la Iglesia fue sometida a persecuciones, empréstitos, expropiaciones y castigos para someter a los sacerdotes rebeldes. También se desterró a los obispos de Medellín y Santafé de Antioquia, José Ignacio Montoya y Joaquín Guillermo González, respectivamente. Así mismo, se forzó la educación laica, se decretó la entrega de los cementerios a los distritos y el matrimonio civil como el único válido, pero no se pudo obligar al cumplimiento de éste último, pues aún los ciudadanos liberales no permitían que sus hijas se casaran por la ley civil.

Por su parte, el clero reaccionó cerrando las iglesias, dejó de administrar los sacramentos y amenazó con la excomunión. Para el pueblo antioqueño verse privado de los auxilios de la religión y amenazado con el fuego eterno era una situación intolerable. Ciertamente, todo apuntaba a una protesta violenta.

En general, el temor popular al “ateísmo” de las ideas radicales no estaba basado en discusiones teológicas acerca de la existencia de Dios, sino de una manera más mundana, en la forma como la iglesia católica manejaba los asuntos administrativos. La Iglesia, que había tomado parte tan activa en la vida política, social y familiar del pueblo antioqueño y que debía ahora aceptar las normas que dictaba el gobierno, veía disminuir su poder, desvanecerse sus rentas y menguar su autoridad dentro de la comunidad. Muchas veces, sus quejas eran formales, como por ejemplo que los “ateos” no se quitaban el sombrero al pasar frente a la iglesia o que, dentro de ella hablaban en voz alta, pero en otras ocasiones los atropellos y ultrajes eran reales. Esta situación hacia que se alteraran los ánimos y se exacerbaran los rencores.

Cuando el gobierno dictó la ley 35 del 9 de mayo de 1877, que proclamaba la tuición o inspección de cultos, donde se obliga a los ministros de cualquier culto a solicitar permiso o “pase” de las autoridades gubernamentales para ejercer sus funciones ministeriales; los conservadores, oponentes políticos de los radicales, quedaron identificados como defensores de la iglesia católica, y por lo tanto, del clero. Como muchos de los sacerdotes se negaron a pedir el “pase”, quedaron convertidos en ciudadanos fuera de la ley y tanto la misa como la comunión que ellos oficiaran fueron prohibidas, con gran alarma de los católicos practicantes, fueran ellos liberales o conservadores.

Mientras tanto, a la invitación que se hizo a los sacerdotes para que dictaran clases de religión en las escuelas del gobierno, el obispo de Medellín, Ignacio Montoya respondió prohibiendo que esto se llevara a cabo, no fuera a pensarse que se aceptaba la situación y se colaboraba con ella.

La Revolución de 1879

El 20 de diciembre de 1878 fue nombrado gobernador de Antioquia el general Daniel Aldana, quien trató de solucionar  la cuestión religiosa sin lograrlo. Por esos días, el arzobispo de Bogotá, el antioqueño Vicente Arbeláez, había pactado con el gobierno que los sacerdotes en la situación anterior a la exigencia del “pase”, debían solicitarlo explícitamente, lo cual equivalía, una vez más, a depender del permiso del gobierno. El gobernador Aldana se acogía a este convenio, pero el Obispo de Medellín, monseñor Montoya se oponía, como era de esperarse. Ante este conflicto, cada uno de los poderes cedió a su manera y siguió actuando como si hubiera ganado la discusión.

Así las cosas, el 1 de febrero de 1878 se dijo la primera misa pública en Medellín. Cuando el gobernador Aldana fue nombrado senador de la república, se marchó para Bogotá dejando la gobernación en manos del primer designado, el general caucano Tomás Rengifo, quien nombró un gabinete conciliador. Sin embargo, esta política no fue duradera y en enero de 1879, un grupo de conservadores del oriente empezó a organizar un levantamiento.

La inconformidad con el régimen y el descontento de la Iglesia con el control ejercido por el gobierno, precipitó a Antioquia en la “guerra de las montoneras” como se llamó popularmente a esta corta revolución. El comité responsable del levantamiento estaba formado por Juan Pablo Restrepo, Abraham García, Delio Isaza y Vicente Restrepo. Los militares encargados de dirigir a los revolucionarios eran los generales Macario Cárdenas, Cosme Marulanda, Lucio Estrada, Lucas Misas, Benigno Gutiérrez y Fructuoso Escobar. Los rebeldes carecían de armas y de entrenamiento y se enfrentaban al ejército del gobierno, éste sí disciplinado, bien armado y listo para la acción. Algunos jefes conservadores se opusieron al movimiento pues sabían que Rengifo era un jefe fuerte, decidido y valeroso. Además, tenía fama de odiar a los antioqueños y de tener un carácter feroz. Rengifo declaró turbado el orden público, pero como los desordenes y protestas continuaban, decidió poner orden y marchar con sus tropas, primero al sur y luego al norte del estado.

Dice Marco Fidel Suárez en la semblanza de Juan Pablo Restrepo:

“Hostigada Antioquia con el régimen de opresión, se lanzó a la malhadada revolución militar de 25 de enero de 1879, pensando que se repetirían los prodigios de Yarumal y Cascajo, confiando en pérfidas promesas, creyendo en ambiciosos planes y aguardando encontrar en el Capitolio Nacional siquiera la intermitente equidad y a veces elevada política del doctor Murillo Toro. Todo fue un sueño. Armados de palos y escopetas, esperando los de fuera en la toma por sorpresa de la capital y los de la capital en grandes ejércitos de fuera, se presentaron en grupos casi inermes a la crueldad del general Rengifo”. [1]

Pero los beligerantes estaban resueltos y así el 25 de enero de 1879 se inició la revolución en las aldeas donde los conservadores eran mayoría. A las 10:00 de la noche se reunieron los revolucionarios de Copacabana, bajo el mando de Braulio Jaramillo, Salvador Sierra, Vicente Múnera y Braulio Jiménez. Al otro día, muy temprano, destituyeron al alcalde, nombraron en su lugar a Salvador Sierra, pusieron preso al maestro y convirtieron la escuela en cuartel.

En la euforia guerrera, Braulio Jaramillo, a quien llamaban el Copacabana, se proclamó jefe de la revolución y formó tres compañías; al pasar por Girardota obligó a la banda de músicos municipal a acompañarlos. A Jaramillo se le conocía como el “Mono Chuzo”, había nacido en Medellín pero fue alcalde de Copacabana, por lo tanto se sentía con autoridad suficiente.

El día 27 del mismo mes de enero, el padre José Jiménez, encargado del rectorado de Medellín por ausencia del obispo Montoya, se encontraba rezando los maitínes en la catedral. Simultáneamente, tocaban llamando a misa. En ese momento, el gobernador Rengifo a caballo, arengaba a sus tropas y mortificado porque el repique de las campanas no dejaba oír su voz, pidió que las callaran; como no lo obedecieron, el general subió con su caballo al altozano, entró al baptisterio y desde allí empezó a disparar al techo, en medio del pánico de los feligreses. Este acto de fiera autoridad enardeció aún más a los ciudadanos que ya no dudaron más.

El 28 de enero se libró la primera batalla en Olivares, cerca de Manizales, entre el general revolucionario Juan Manuel Llano y los coroneles gobiernistas Valentín Daza y Aristóbulo Ibañez, donde el general venció a los coroneles. Ese mismo día, el general Rengifo derrotó al general Macario Cárdenas en Ancón del Sur. Dos días después, el 30 de enero, el flamante “Batallón Jaramillo” salió para Medellín, tratando de evitar al enemigo y de encontrar a sus compañeros que se hallaban en Guarne donde se les unieron otros revolucionarios. Al día siguiente, aquellos hombres llegaron a Medellín por el oriente.

El 1 de febrero se libró el sangriento combate del Cuchillón, cerca de las laderas de Medellín. Allí fueron vencidos los generales Abraham García y Lucio Estrada. El batallón Jaramillo, imposibilitado para acudir en ayuda de sus copartidarios, se quedó en las alturas presenciando el desastre. Entre tanto, el general Rengifo, cotrariando su fama, se apiadó de los vencidos, pues “se esforzó por evitar el asesinato de los prisioneros. Él conocía muy bien el carácter iracundo de algunos de sus subalternos, por lo que cuando la tropa vencedora hubo bajado a la orilla del arroyo de Santa Helena, antes de permitirles la entrada a la ciudad les hizo dar un gran rodeo a través de las mangas de la Ladera y el llano de los Muñoces, con el objeto de que con ese largo ejercicio se les disipara los efectos del alcohol.

Jaramillo y sus huestes huyeron en desbandada perseguidos por el ejército gobiernista que no pudo alcanzarlos. El batallón llegó hasta el río Medellín donde se detuvo a descansar, contar sus efectivos y deliberar sobre su futuro. Luego se encaminaron hacia Santa Rosa de Osos, al norte, que estaba en manos de los revolucionarios. Pero, desde Amalfi venía un grupo de soldados gobiernitas comandados por el coronel Ismael Ocampo. Se encontraron a orillas de la quebrada de Las Cruces y tras una breve acción, vencieron los revolucionarios. Ocampo emprendió la retirada.

A pesar de ese pequeño triunfo, los revolucionarios estaban desorganizados y pesarosos, así fueron derrotados una vez más en Orobajo, cerca de Santa Rosa de Osos; donde firmaron la Capitulación del Altopelado.

Ya al final de la guerra, el general Cosme Marulanda fue derrotado por el general Valentín Daza en Salamina. Esta última batalla dejó un saldo de 77 heridos y 85 muertos, entre los que se encontraba José María Uribe.

Por su parte, el general Rengifo recorrió triunfante el norte de Antioquia y al llegar a Medellín declaró que entregaría “al escarnio de la sociedad y al castigo de la justicia a los que hacen las revoluciones y llevan los pueblos a la matanza.

La muerte de Guillermo Mc Ewen

Guillermo Mc Ewen, médico y minero, era hijo del médico escosés William Mc Ewen y de la española María Josefa Escudero, y había nacido en Cartagena en 1843. Mc Ewen estaba encargado de defender Santa Rosa, pero al dividirse sus fuerzas y separarse un batallón de sopetranenses, solamente trescientos hombres se situaron en Orobajo, donde fueron derrotados.

Esa misma noche se firmó la Capitulación del Altopelado entre los comisionados de paz enviados por Mc Ewen y los representantes del gobierno. El tratado exigía que los jefes de la revolución salieran del estado de Antioquia en los próximos veinte días, que los rebeldes entregaran las armas y devolvieran la caballería que perteneciera a los particulares. Pero cuando llegó la hora de cumplir las estipulaciones, los comisionados declararon que los jefes, oficiales y solados rebeldes habían emprendido la huida la noche anterior, llevándose las armas y los caballos.

Manuel M. Bonis era el prefecto de Santa Rosa antes de la revolución. Cuando los rebeldes llegaron a la ciudad, lo pusieron preso y nombraron en su lugar a Mc Ewen. En la mañana del 5 de marzo, al otro día de la batalla de Orobajo, los prisioneros gobiernistas, al saber que el general Rengifo se acercaba triunfante, rompieron las puertas de la cárcel y salieron sin que nadie lo impidiera. Entre ellos estaba el prefecto Bonis. El prefecto, que había reasumido sus funciones y supo que Guillermo y José Mc Ewen así como los comisionados se habían refugiado en casa de Juan Francisco Jaramillo y se preparaban para huir, se presento allí y exigió la entrega de los asilados.

Al encontrarse Bonis con Mc Ewen le reclamó el cumplimiento del Tratado. Mc Ewen contestó que estaba en Santa Rosa con el propósito de darle satisfacción, pero que el desconcierto y el desorden a consecuencia d ella derrota del día anterior hacían muy difícil recoger las armas para su entrega. Entonces, Bonis dispuso que los Mc Ewen y los comisionados permanecieran en la residencia de Jaramillo mientras iba a informar de estas circunstancias al general Rengifo que en esos momentos hacía su entrada triunfal.

Entre tanto, algunos jefes gobiernistas dijeron a Rengifo que Mc Ewen había mandado a los solados gobiernistas hechos prisioneros en la batalla de Las Cruces a servir de trinchera en la batalla de Orobajo. Esta mentira, con la que se engañó al general tenía el objeto de enfurecerlo e impulsarlo a tomar una represalia atroz contra los soldados conservadores y especialmente contra el prefecto. Por supuesto, el general iracundo ordenó a Bonis que pusiera en seguridad a los McEwen y a los comisionados. La orden fue cumplida de inmediato.

Cuando Rengifo llegó a sus cuarteles encontró al señor Belisario Gutiérrez, comandante de la Segunda División, quien le exigió que ordenara la muerte de Mc Ewen, advirtiéndole que nos hacía responsable de lo que ocurriera si el castigo no se cumplía. Rengifo, exasperado por el incumplimiento del Tratado y las calumnias de crueldad conservadora con los prisioneros de Las Cruces, mando que Mc Ewen pasara a capilla.

Uno de los consejeros y admiradores de Tomás Rengifo era Jorge Isaacs, que escribió en su libro “La revolución radical en Antioquia -1880” un capítulo sobre este desdichado acontecimiento. Este es el testimonio de la ejecución según Isaacs (1880):

Al señor Bónis le comunicó la orden terrible el señor Franciso Villa Corral, ayudante del jeneral Rengifo, i desentendiéndose disimuladamente de ella, pasó a casa de éste a renunciar la Prefectura. Admitiosele la dimisión i fue nombrado para sustituirle el señor Ricardo Castro, que no tuvo ocasión de cumplir la sentencia, porque ya el señor Belisario Gutiérrez se apresuraba activamente en lo de preparar el fusilamiento.

Disputábanse el derecho i el honor de apercibir la escolta para el sacrificio los señores Benjamín Palacio, jefe del Batallón Plaza i Lisandro Angel. El señor coronel Ricardo Acevedo, al saber lo que ocurría fue apresuradamente i en consternación a casa del jeneral Rengifo: haciéndole presentes sus valiosos servicios a la causa liberal i afeándole de antemano el borrón que sobre las banderas del ejército iba a caer i, exigiéndole magnanimidad a nombre de los principios que defendían, obtuvo al punto la orden de perdón y apurose a salir para comunicarla.

Mientras tanto, Mc Ewen era conducido ya al centro de la plaza en medio de una escolta de ocho soldados a ordenes del Mayor Aguilera, segundo jefe del Batallón Plaza. A su lado iba el coronel Belisario Gutiérrez. Contemplemos en tales momentos a la víctima:

Era un hombre de 32 a 35 años, de alta i airosa estatura i de maneras cortesanas: espaciosa i erguida la frente, que no inclinó al dirigirse al patíbulo; cabellos castaños i crespos, hermosos bigotes i mirada serena i poderosa; su talante i facciones impresionaban a la multitud. Antes de llegar a la plaza, dijole en tono mesurado al señor Belisario Gutiérrez:

—Permítame usted decirle algunas palabras al jeneral Rengifo i me justificará.

—¡Siga usted! No es orden mía. —le contestó Gutiérrez con acento imperioso y áspero.

Estaban al fin a treinta o cuarenta pasos del patíbulo, preparado al pie del eucalipto que hasta hace poco se veía en el centro de la plaza. Volviéndose de nuevo Mc Ewen al señor Belisario Gutiérrez, con la digna mansedumbre de la vez pasada le habló así:

—Hermano, no me fusile; deme siquiera dos días de término para justificarme; tengo la seguridad de que si me oye el jeneral Rengifo, no me sacrificará.

—No hay término. Fusilenlo. —se le contestó.

La escolta y la víctima llegaron al pie del eucalipto; allí dijo aún estas palabras Mc Ewen, al preparar sus rifles la escolta, después de haber insinuado el que era inútil tratar de vendarle, humillación que así se evitó:

—Pues bien: he tomado en la revolución la parte que mis convicciones y deberes me obligaban a tomar. Matenme a mí, pero no a mi hermano José, que está inocente.

La escolta apuntaba i notándolo, Mc Ewen se sentó en la silla preparada para tal efecto: cruzó una pierna sobre la otra i haciéndose sombra sobre los ojos con la mano extendida miraba a los soldados de la escolta y esperó…

A ese tiempo corría hacía la plaza el Coronel Acevedo y gritaba:

—¡Que no lo maten! De orden del jeneral Rengifo, ¡que no lo maten!.

Testigos oculares dicen que el señor Belisario Gutiérrez oyó tal orden. La descarga sonó i el coronel Acevedo, al oírla quedose en estupefacta mudez. Mc Ewen había caído de espaldas. ¡Horror! I como advirtiendo que en la agonía la agitación de sus miembros no era decorosa, cruzó los brazos sobre el pecho i espiró.(p.514) [2]

El crimen, cometido con la disculpa de que Mc Ewen era culpable de los actos de crueldad con los prisioneros gobiernistas y de felonía en lo atinente al Tratado, fue repudiado por todo el país como una muestra de atroz salvajismo. En la Cámara de Diputados de Bolívar se elevó una protesta “porque ese fusilamiento es un atentado que deshonra nuestras instituciones, un delito que empaña las glorias del gran partido liberal, una falta de lesa humanidad.”, pero fue negada por la mayoría.

Pedro María Ibañez, al hablar de la candidatura para presidencia del general Rengifo, dice: “la opinión pública condenó el fusilamiento del señor Guillermo Mc Ewen, ocurrido en Santa Rosa de Osos por orden del general Rengifo; desde que se tuvo conocimiento de este acto injustificable, quedó perdido el nombre del general candidato en la opinión pública.”. La muerte de Rengifo, sumamente trágica, ocurrida en Cali el 13 de enero de 1883, fue vista por sus adversarios como un castigo de Dios.

En el “Sueño del padre Nilo”, escrito un mes antes de morir, Suárez hace memoria de esos días aciagos. Pareciera, que en el ocaso de su vida recordara con suave ironía aquellas aventuras juveniles, sin amargura ni resentimiento, solo la suave nostalgia de tiempos idos cuando todavía su corazón estaba intacto. Dice así:

Lo que a este respecto nos contaron en el pueblo de Pulgar es que en los días que mediaron entre 1878 y 1879, los conservadores antioqueños no pudiendo soportar el régimen tiránico establecido allí desde el 5 de abril de 1875, se lanzaron en una guerra desatentada, sin preparación suficiente y sin el acuerdo necesario.

El plan consistía en levantarse en diversos puntos, con armamentos improvisados, sin los recursos indispensables y debajo del mando de patriotas meritorios, pero sin la cooperación de otros conservadores que siempre habían velado por la causa. El levantamiento debía dirigirse por varios lados contra la capital del estado, donde la desesperación hacía imaginar que “montoneras” armadas de palos serían capaces de vencer los aguerridos batallones de la guardia colombiana que sostenían al tirano.

La actuación de Marco Fidel Suárez en la Revolución de 1879

Tocó al valeroso don Braulio Jaramillo, conservador muy notable de Copacabana, formar el contingente militar de los pueblos septentrionales del valle y situarlo en el alto del Guarne, como amenaza a la capital, para bajar contra ella en combinación con las fuerzas de oriente, que acometieron por el camino de Santa Helena. En la fuerza del coronel Jaramillo se incorporó un individuo de Bello, que dirigía la escuela primaria y que llevado de caprichoso impulso, se metió en aquella andanza sin ninguna meditación.

En el alto de Guarne, a través de la profunda cañada de Bocaná, presenció el coronel Jaramillo con sus compañeros la derrota conservadora del Cuchillón. Fue esta una acción muy sangrienta, por el arrojo legendario de los marinillos y por la superioridad de las fuerzas del gobierno, que barrieron cruelmente a los conservadores en el bosque y en la sabana de aquellos sitios. Los del alto de Guarne, cuya inerme situación no mereció ni caso de parte de las milicias oficiales, emprendieron la retirada, durante la noche, por la cordillera que corre sobre Copacabana y Girardota.

Fabricio: En estos pueblos hemos estado también Lorenzo y yo.

Lorenzo: Pero yo sigo mi relación para contar la aventura del maestro de Belvalle, patriota fugitivo, a quien animaba el valeroso “mono Chuzo”, como llamaba la gente por cari{o al coronel Jaramillo, distinguido también por sus habilidades en el manejo de los mejores caballos que había entonces en esa tierra. El maestro, que se llamaba Frutos Calamocha, descendió con los restos del batallón al río Medellín, por la loma de Barbosa. Esguazó el río sobre un caballejo tamaño como una cabra, pero cuyos alientos crecieron magnéticamente por contagio de la zozobra y resolución de su dueño. Subieron aquellas fuerzas, nada parecidas a las de Jenofonte, a Donmatías. Allí cenaron y durmieron dos horas antes de que llegara a alcanzarlos el enemigo, que se ocupaba, entre otras cosas, en fusilar crucifijos. Siguió el batallón Jaramillo, reducido a mínima expresión, buscando a Santa Rosa de Osos; y por gracia de Dios y del sobresalto, llegó Frutos a esa plaza, caballero en la cabra, pero sobre su propia montura y llevando siempre en el arzón su escopeta muy buena de dos cañones.

Pintar lo que sufrió Frutos en la villa no del oso sino de los Osos; recordar el agrio genio de otro coronel que redujo a Frutos a trabajos forzados, haciéndole menear los pulgares de día y de noche; traer a cuento la pérdida de su escopeta, que le arrebató aquel jefe; imaginar el cansancio de Frutos en las marchas y contramarchas nocturnas, de Santa Rosa al Venteadero, cuando el despiadado jefe de estado mayor lo hacía desmontar de un alazanito agulilla que la había deparado el noble general don Lucas Misas; y pensar en la inconsciencia de Frutos, al dirigirse a Las Cruces con la fuerza que iba a oponerse a la invasión del coronel Ocampo, metamorfoseando a última hora; recordar o imaginar esto será privilegio exclusivo que la historia mental reserva a Calamocha. En fin, en las Cruces, nuestro teniente, sin escopeta ya y armado de un palo verde, vio muerto al joven Juvenal Jaramillo sobre un “belillal” de allá o “chital” de aquí y contempló también el que parecía cadáver del general Joaquín Berrío.

Luciano: Abreviemos que se nos hace tarde.

Fabricio: Pues abreviando diremos que el teniente Calamocha, grado con que lo había recompensado el desalmado jefe de Santa Rosa, fue a dar a la hacienda de Santa Isabel, en Yarumal, cerca de Malabrigo, donde el generoso dueño y el otro patriarca no menos bueno, don Sebastián Mejía, le dieron hospitalidad. El teniente recuerda con gratitud inefable a don Carlos Cárdenas y a sus hijos. Esta posada la halló Frutos a los cuatro días del fusilamiento de Mc Ewen debajo del eucalipto memorable.

Llegó el día en que el teniente alivió su pecho de la pena que sentía al ver como contribuía a las incomodidades de sus bienhechores; y ese día fue aquel en que el señor Juan de Dios Mejía, personificación de virtudes civiles y políticas, se dignó asociarlo a su regreso al valle de Medellín. Dicen los paisanos de Frutos que tal viaje, realizado en el caballo de San Francisco por el señor Mejía y por el teniente, dejó a éste uno de esos recuerdos que no por estar guardados como tenues moléculas  en el arca de la memoria, dejarían de poder parangonarse con verdaderas hazañas, al salir a la luz de una narración formal.

Porque para evitar la llegada a Santa Rosa, donde estaba todavía el árbitro feroz de Antioquia, fue necesario al par de caminantes desviarse a manderecha, por el hondo cauce de una “quebrada”, en dirección a la posada de San José, al sur de Santa Rosa. Tranquilos caminaban entre aquellas frías aguas, cuando de manos a boca perciben a dos zulúes armados de rifles y colocados en los barrancos de lado y lado. Venció el señor Mejía, con serenidad e inteligencia pasmosas, la intención de los dos negros del Bolo, que pretendían conducir a los malandantes ante la presencia del general Rengifo. Buenos cigarros, mejores palabras y ungüento amarillo, de aquel que ablanda los más duros gonces, valieron al engreído tocayo del santo de la caridad para trocar a los zulúes en guías y protectores; de modo que al siguiente, el doctor Mejía, después que anduvieron un gran trecho en bagajes enjalmadas, puso a Calamocha en la Pretel, camino de otro refugio inolvidable que halló en casa de don Bautista Sierra y doña Mariantonia, en el Zarzal, bajo el ala bienhechora del padre Acosta, tan bueno como fue sabio su homónimo de la historia natural…

Digo, pues, que nuestro mozo, después de agradecer los beneficios del Zarzal, llegó por fin, una noche de luna, al techo que había estado albergando a sus prendas y que ahora lo recibía a él, después de la despedida de Cervantes: “Adiós, dije llorando a la humilde choza mía. Momentos de dulce amargura y hasta de remordimiento.

Solita. s.f. Colección Particular. ©TeresaMorales
Solita. s.f. Colección Particular. ©TeresaMorales

Cómo sería el reencuentro de Marco Fidel Suárez con “mamá Rosalía” y con su hermana Solita. Hacía casi tres meses que había salido de Hatoviejo para alistarse en el “batallón” del “mono Chuzo”. Las novedades de la guerra no viajaban rápidamente ni eran especialmente precisas. Cómo sería la angustia de Rosalía sin noticias de su hijo y cómo sería la alegría al verlo regresar. Con razón casi cincuenta años más tarde, el teniente recuerda su llegada a Hatoviejo con “dulce amargura y hasta con remordimiento.”

El general Rengifo, después de su triunfo ordena que se suspendan “todos los Directores de Escuelas Elementales que no sean liberales y decididos sostenedores del gobierno: y que si no hay personas de esas condiciones con quienes reemplazarlos haga cerrar las Escuelas e inventariar sus útiles i muebles.” Los sacerdotes deciden entonces abrir escuelas parroquiales y así el padre Nilo Hincapié funda una que será dirigida por el padre Baltasar Vélez. Allí Marco Fidel dicta algunas clases durante el resto del año de 1879 y colabora en la escuela de niñas, que regentaba Guadalupe Gutiérrez.

El padre Jesús María Mejía Bustamante, párroco de Envigado, había abierto un colegio que dirigía don Alejandro Vásquez, desde donde invita a Marco Fidel para colaborar como docente. Él mismo es quien nos cuenta sus aventuras:

Traté mucho al distinguido sacerdote y experimenté su generoso genio, por medio de muchos beneficios que me hizo. En su casa viví en Envigado durante algunos meses, cuando se dignó emplearme en un instituto de educación secundaria que regentaba, asociándome a profesores tan señalados como don Alejandro Vásquez, educado en Bogotá y acreditado por sus varios y sólidos conocimientos, por su vida ejemplar y por su genio valiente y activo.

Recuerdo en la casa a doña Januaria, madre octogenaria del padre Mejía y en el instituto a muchos niños y adolescentes que sobresalían en inteligencia y energía, la cual en ocasiones nos ponía en trabajos, cuando esos tiernos envigadeños convertían en la calle la falta de formación en ocasión de “moma” o boxeo, como se dice ahora… Don Tristán Bosa, padre de uno de nuestros mejores amigos, y el doctor Gonzalo Correa, abogado y buen patriota, eran consejeros del colegio; y no consejero, sino númen de protección era el doctor Manuel Uribe Angel, la figura acaso más atractiva de Antioquia moderna, por los destellos de su cultura, beneficencia y espíritu público que sirven de marco a su sabiduría profesional y a su bella literatura. Recuerdo también del colegio al joven Rafael Heredia, muy bueno conmigo, así como Félix Antonio Calle, mi compañero asiduo en el estudio de la gramática de Bello.

Dos recuerdos vienen a la mente de Marco Fidel Suárez: el de su benefactor Manuel Uribe Arango que lo estimulaba, facilitándole los libros de su extensa biblioteca, dándole consejo y animándolo para que aprovechara los grandes talentos que le reconocía y el de Félix Antonio Calle. Este nos llama la atención porque está asociado al análisis de la gramática de Bello. No era nuevo su interés por las doctrinas gramaticales del sabio venezolano, ya desde Envigado, Suárez lo estudiaba. Un año más tarde ese trabajo cambiará de una vez y para siempre el panorama de su vida.

Hay que aclarar al lector que “Frutos Calamocha” es el nombre que se da a sí mismo Marco Fidel Suárez. El “tenientico”, recuerda su actuación en esas aventuras.

 

[1]     Suárez, Marco Fidel, “El sueño del padre Nilo”, Sueños de Luciano Pulgar, tomo XII.

[2]     Isaacs, Jorge. La revolución radical en Antioquia – 1880. 966 pág.