El Seminario

En 1869, cuando Marco Fidel tenía 14 años, el padre José Joaquín Isaza lo aceptó como becario en el Seminario de Medellín. El padre Isaza lo había conocido en Hatoviejo y había quedado muy impresionado por la seriedad, el silencio y la inteligencia del muchacho.

Un año antes, en 1868, el presbítero Valerio Antonio Jiménez había sido consagrado como obispo de la diócesis de Medellín; una de sus primeras ejecutorias había sido la fundación de un Seminario. El 12 de enero se promulgó el decreto que lo creaba y así mismo se nombraron sus directores: a José Joaquín Isaza como rector, a Sebastián Emigdio Restrepo como vicerrector y a Lorenzo Escobar como prefecto.

El primer local que ocupó el seminario estaba en la calle Pichincha, de ahí se trasladó a una casa nueva, de dos obispos, que estaba situada en Palacé, entre las calles Caracas y Perú.

Marco Fidel, en 1924, recordaba así al Seminario:

El Seminario de Antioquia es en Colombia instituto verdaderamente histórico y monumento glorioso. Bajo la dirección del ilustrísimo señor Gómez Plata formaronse allí sacerdotes y seglares eminentes, que brillaron después en la carrera eclesiástica y civil.

Allí estudió el doctor Berrío, hombre perteneciente a la categoría de aquellos que, en vez de disminuir, crecen con el tiempo. Allí el señor Obispo González, grande orador y ciudadano, dotado de altas condiciones políticas y militares. Allí los sacerdotes Gómez Angel, Zuleta, Sánchez, Hernández, tan ilustrados profesores como ejemplares misioneros. Allí los señores Molinas, familia desposada con el saber, a cuyo padre está obligada a honrar de modo especial nuestra tierra. Allí Zamarra, cuyos talentos de matemático y jurisconsulto se asomaron brillantes entre el carbón que acarreaba al seminario, para ser después lumbrera del foro. ¿Quién sabe cuáles otros nombres omitiré? Perdónese a la rapidez e imperfección de los recuerdos. (Suárez, El sueño del Obrero)

No olvidó a su compañero Juan Esteban Zamarra, protagonista de un episodio que más adelante se le adjudicó a él mismo:

Zamarra llevaba carbón al seminario siendo niño y en seguida se colocaba al lado de la puerta del aula a oír la lección de matemáticas que daba el señor obispo, sin que éste lo viese; un día ningún alumno pudo resolver el punto en cuestión y entonces Juan Esteban, no pudiendo contenerse, lo resolvió en alta voz; salieron a ver quién era el feliz entrometido, pero ya había volado; halláronlo por fin y desde entonces empezaron sus estudios en Antioquia, luego en Bogotá y después su carrera brillante y quebradiza. (Suárez, El sueño de Medellín)

El aspirante por ingresar al seminario debía dirigir una carta al rector solicitando ser admitido. Marco Fidel la envió en los primeros días de enero de 1869. La carta dice así:

Al venerable Señor Rector del Seminario Conciliar de la diócesis.

Provisor y Vicario Jeneral del Obispado.

Dean de la Iglesia Catedral del mismo:

Deseando yo, desde mi más tierna edad seguir la carrera de sacerdotal i, como para llenar este designio se requiere como un requisito indispensable el ser alumno del Seminario y siendo Usía Ilustrísima el principal director de este distinguido plantel, le suplico con el más profundo respeto, se digne admitirme en dicho establecimiento como alumno externo de él.

Si U. tiene la bondad de dispensarme este favor, le quedaré eterna e infinitamente reconocido.

Al muy respetable Señor Doctor José Joaquín Isaza.

Me suscribo de U. su affmo y obsecuente servidor.

                                                                      Marco Fidel Suárez.

Otro requisito era la presentación de dos recomendaciones. Marco Fidel presentó una firmada por el padre Joaquín Tobón, quien vivía en Hatoviejo, sin ningún cargo, después de haber renunciado a una canonjía en la catedral de Medellín; y otra del padre Joaquín Bustamante, cura párroco de Hatoviejo. Ambas están fechadas el 4 de febrero de 1869, pero la matrícula es del día 3.

Dice la carta firmada por el padre Tobón:

El presbítero Joaquín Tobón, domiciliario de la diócesis de Medellín y Antioquia, certifica:

Que conozco al joven Marco Fidel Suárez, vecino de esta parroquia, hijo natural de Rosalía Suárez y que dicho joven ha sido siempre, desde sus primeros años aplicado a servir a la Iglesia observándose en él un santo fervor para asistir al santo sacrificio de la misa y continua su asistencia a la doctrina cristina, con un santo recogimiento en todos los actos y confesando y comulgando con alguna frecuencia y aplicado al estudio, desempeñando las tareas que se le han señalado, por las que se esmeraba en sus educación, obligado por su genio aplicado, con pocas interrupciones y según mi escaso concepto, creo que es capaz de formarse en la carrera literaria.

En fe de lo cual, doy la precedente certificación a pedimento verbal de la parte y la firmo en Atoviejo a 4 de febrero de 1869. Doy fe. Joaquín Tobón.

El padre Bustamente escribió:

El infraescrito cura propio de Hatoviejo certifica que el joven Marcos (sic) Fidel Suárez fue mi discípulo desde el año de 1864 en la escuela de primeras letras de este pueblo, hasta el año de 1865 inclusive; que a mediados del año de 1866 se fue conmigo para Fredonia, donde estuvo bajo mi inspección y cuidado; que estuvo allí hasta mediados del año de 1867; que se vino para Hatoviejo con el ánimo de entrar al colegio del presbítero Sebastián Emigdio Restrepo, hoy prebendado, en cuyo establecimiento estuvo casi todo el año de 1868; que en el tiempo que estuvo conmigo observó una conducta irreprensible, de manera que casi nunca tuve que hacer uso de la disciplina, bastándome las reflexiones solamente para corregirlo, porque siempre ha sido dócil y humilde; constante en el estudio, ha manifestado siempre mucho provecho y adelanto en todas las materias que se le han enseñado. Con todas estas cualidades se hizo acreedor a la más entera confianza, la que premié en él con el honor de hacerlo monitor general de la escuela, cuyo destino desempeñó por espacio de más de un año, a toda mi satisfacción.

Además, he observado siempre en él la más buena moralidad en todas sus maneras, acompañada de una piedad que nunca he visto en ningún joven en la edad de nueve a doce años siendo muy consagrado a todas las funciones religiosas y manifestando siempre el mayor respeto y cariño a todos los sacerdotes; y en fin, que en vez de exagerar en algo la conducta del joven al que me refiero, confieso que puedo declarar todavía otras muchas cualidades excelentes, de que el tiempo dará buenas pruebas a los superiores del Seminario si él continúa de la manera que hasta aquí.

Es importantísima la afirmación del joven aspirante a seminarista en su carta al rector, en la que manifiesta que desde su “más tierna edad” ha querido seguir la carrera sacerdotal. Todas sus aspiraciones, sus estudios y sus ilusiones están ancladas en la idea de servir a Dios. Todo el misticismo ingenuo de su infancia se va a concretar ahora en estudios serios y concienzudos que apuntan, casi sin excepción, a su futuro sacerdocio. Sus mentores debían saber de esta ardiente vocación, por lo tanto, llama la atención que solamente el padre Tobón, que lo conocía desde la cuna, pronosticara para él una carrera literaria, vaticinio que, finalmente, salió verdadero.

Por las palabras de los sacerdotes que lo recomiendan es posible formarse una idea de un joven tímido y serio, devoto y recogido con una condición que lo acompañará toda la vida y que no es la más apropiada para un político: la humildad.

El reglamento del seminario o, como lo llamó monseñor Valerio Antonio Jiménez: “Regla del Seminario Conciliar de la diócesis de Medellín i Antioquia”, constaba de 17 capítulos y establecía un régimen de vida verdaderamente espartano.[i]

Esa vida rigurosa, dedicada exclusivamente al estudio y a la oración, carente de cualquier frivolidad o ligereza, señaló para siempre el camino del joven Marco Fidel y lo diferenció de sus contemporáneos que habían crecido en ambientes más mundanos. Hay que señalar que durante toda su adolescencia y su primera juventud no tuvo tratos de esparcimiento distintos a los vigilados por sacerdotes.

Cuando contaba con catorce años, la angustia por la pobreza extrema, la cargaba de ver a su madre trabajando sin respiro. El depender de otros, siempre dando las gracias, generaron un resentimiento suprimido, por temor de herir a la madre. Pero de noche cuando apagaba la vela y quedaba en el techo el reflejo de la luna, se hacía preguntas sobre su propio padre. Luchó en la escuela por ser el mejor, pero a pesar del esfuerzo y el trabajo que su situación implicaba, recordó siempre con cariño a sus compañeros de infancia.

Marco Fidel fue alumno del Seminario de Medellín desde 1869 hasta 1876. Casi ocho años, los definitivos en la formación de una personalidad. Estudió matemáticas, historia, geografía, algo de francés, latín, teología dogmática y moral, sagradas escrituras, derecho canónico y filosofía, en todos sus aspectos. Más de la mitad de las asignaturas eran de carácter religioso, y en realidad, muy serias para su edad. Pero eran las necesarias para una seria formación doctrinal.

A mediados de 1869 presentó sus primeros exámenes, que son calificados con la nota máxima: “Plenitud”. Se conservan las actas de esas ceremonias, que eran muy solemnes y que fueron presididas por Monseñor Isaza, como rector. La nómina de profesores era de una calidad excelente: latín, pbro. Lorenzo Escobar; francés, Emiliano Isaza; Filosofía, pbro. José Cosme Zuleta; Derecho Canónico, José María Gómez Angel.

Durante todos sus años de seminarista, Marco Fidel fue siempre alumno ejemplar, con calificaciones sobresalientes; esto es una constante cuando se examinan los registros de notas y las actas de los exámenes.

A principios de 1871, cuando tenía 16 años, se fundó una Academia religioso-literaria; allí empezó a publicar sus trabajos literarios y filosóficos. La sesión inaugural estaba, naturalmente, presidida por el rector pbro. José Ignacio Montoya, más tarde, obispo de Medellín, y su amigo de siempre, el padre Joaquín Bustamante. Entre los seminaristas académicos estaban Gregorio Nacianceno Hoyos, futuro obispo de Manizales, Eladio Jaime Jaramillo y Marco Fidel Suárez. Este último fue nombrado secretario, por 8 votos de 13. La asistencia a las sesiones era obligatoria y el ausente debía pagar una multa de 5 a 50 centavos.

Los temas tratados eran literarios, o filosóficos, pero algunas veces se limitaban a una discusión del reglamento. Las intervenciones del joven Marco Fidel no eran muy abundantes, en una solicita la modificación de la proposición “la ilimitada libertad de imprenta es mala bajo todo aspecto”. En otra ocasión, un año más tarde, modifica una proposición que pide cordura en los términos para pedir permiso al rector para fundar una nueva Academia. Defiende, en una oportunidad la tesis de que los sacerdotes deben leer los libros prohibidos. Proposición que fue negada. Propone, también, la siguiente discusión: “la soberanía popular es un absurdo si por ello se entiende que a los gobernantes no les viene la autoridad de Dios sino del pueblo.”

Ese mismo año fue nombrado Viscepresidente de la Academia y como tal firmaba las actas. En varias ocasiones, como buen antioqueño, pidió que los párrocos no prohibieran el juego del billar, pero siempre se encontraba con una negativa.

En 1873 se le nombró colaborador de una pequeña publicación llamada “El seminarista”. Pero no solo le gustaba escribir y discutir: es cuando empieza también a hablar en público y el 20 de julio de ese mismo año pronuncia el discurso tradicional en la fiesta patria y también se gana en un sorteo el honor de pronunciar un discurso reglamentario el 8 de octubre. El discurso pronunciado el 24 de junio de 1875 debió ser muy admirado, ya que sus compañeros de Academia solicitaron su autorización para publicarlo.

Ya para la segunda mitad del año de 1871, Marco Fidel Suárez fue nombrado catedrático; hecho que se corrobora con su firma que aparece en las actas de los exámenes, pero no se sabe cuáles eran las asignaturas a su cargo ni los detalles de su nombramiento, si era ad-honorem o si una vez más, era una ayuda económica de los superiores para que el joven de 16 años tuviera algún dinero para sus gastos.

En 1872, estudiaba gramática con don Emiliano Isaza y al mismo tiempo enseñaba álgebra elemental y caligrafía. Ese año habló sobre dos temas que indicaban la seriedad de sus estudios y el curso de su pensamiento. Habló sobre El Dogma, tema espinoso, que él manejaba muy bien gracias a sus años de teología dogmática, y también sobre el Utilitarismo, asunto candente en esa época.

El joven seminarista amaba la filosofía, le apasionaba discurrir sobre temas de religión, enseñar y discutir. En junio del año 72 monseñor Isaza lo nombró en reemplazo de uno de los más notables profesores del Seminario. La carta de su nombramiento dice así:

Señor Rector del Seminario Conciliar:

Habiéndose retirado del Seminario Conciliar el Sr. Dr. José Cosme Zuleta, por haberse ausentado de la diócesis, hemos dispuesto que el señor Marco Fidel Suárez se encargue de la cátedra de Filosofía que aquél enseñaba. Por su trabajo Ud. le pagará 8 pesos mensuales. El nombramiento no es sino por lo que falta para terminar el año escolar.

Dios guarde a Ud.

                          José Joaquín Isaza

                          Obispo de Evaria.

En el año 1873, Suárez contaba con 18 años, ya era considerado un hombre. Al otro día de matricularse fue nombrado profesor de matemáticas y caligrafía, con un sueldo de 12 fuertes. La vida se le iba en clases, estudio y discursos. Pero ¿qué era de su mundo interior? No se tienen muchos datos. Las notas de los exámenes siempre las mejores y las máximas. Lento ascender hacía la cátedra, siempre pensando en Dios. Habría que pensar si no fue una suerte el que no se hubiera hecho sacerdote… Habría sido un señor obispo, con un pequeño poder, escribiendo sermones. Quizás más feliz.

El 29 de marzo de ese año Monseñor Isaza lo nombró, por decreto “Oficial de la Secretaría y Curia Episcopal”. Así mismo, su “familiar” en la visita pastoral a las parroquias de Belmira y Sabanalarga. El recuerdo de ese viaje es uno de sus más deliciosos escritos:

En 1873, como familiar del ilustrísimo señor obispo Isaza, hice ese viaje, que se continuo por los nueve “portachuelos” de Sabanalarga, tierra ardiente y pedregosa, y nombre que corresponde a lo que en España llaman puertos, que son las gargantas por donde se pasan los montes. Corresponden así los de Sabanalarga a nueve montañitas paralelas, que se pasan en una jornada; hoy parece que hay camino por el lomo de la tierra fría, a manderecha.

De Sabanalarga seguimos por senda no menos brava y orlada de vegetación espinosa, hasta el raudal de Orobajo, en que todo el río se lanza por un cajón de diez a veinte varas de ancho y varias cuadras de largo, según al doctor José Manuel Restrepo. En seguida, por camino medroso, pues discurría sobre la ladera del río que brama a los pies del viandante, se llegaba a Playagrande, donde el Cauca se pasaba por el método primitivo empleado en algunos ríos caudalosos del Brasil y del Perú.

Por falta de puente, y por ser imposible cortar con canoa o atravesar en barca de cable las aguas del Cauca, el estilo de cruzarlo consistía en arrojar al agua de la orilla dos troncos de balso, de tres varas de largo, labrados en cuatro caras, inclinados un poco en la proa y atados con unos lazos. Sobre ellos se colocaba el viajero en la posición de quien va a nadar, el bogador iba en la parte de la popa, apoyando media estatura sobre los balsos y con el resto del cuerpo pierniobrando (que pudiéramos decir) en el agua. Ascención López, indio famoso en la comarca y de quien se contaban proezas como nadador, pues jamás dejó ahogar a un caminante, ni perder un novillo que guiara de las astas, ni nunca un tercio de tabaco de los que cargaba sobre la nuca, Ascención fue quién guio los balsos en que pasó el ilustrísimo señor obispo, cuya sagrada figura divisábamos, impelida por el raudal, en una extensión de varias cuadras, hasta llegar a la otra orilla. (Suárez, El Sueño del Obrero)

En 1874, Marco Fidel recibió el nombramiento de archivista. Dice así el documento:

Nos, José Joaquín Isaza, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Medellín…

Habiendo necesidad de continuar el arreglo del archivo eclesiástico de la diócesis, con el objeto de separar todos los papeles correspondientes a la nueva Diócesis de Antioquia, nombramos Oficial de Nuestra Secretaría, con el objeto expresado, al señor Marco Fidel Suárez, con la asignación mensual de doce pesos con ochenta centavos que le serán cubiertos por el señor Tesorero General de Diezmos, mensualmente, tomados del tanto por ciento que está señalado para gastos de la oficina de la diócesis.

Dado en Medellín a 28 de julio de 1874. José Joaquín Isaza, Obispo de Medellín.

Por mandato de su Señoría Ilustrísima, Eladio Jaime Jaramillo, secretario.

Suárez llevó a cabo este trabajo mientras cursaba sus últimos años en el Seminario, donde estudiaba y enseñaba simultáneamente. Una vida sencilla sin otros sobresaltos que los exámenes y las vacaciones. Nada distinto a la meditación, la oración y, de repente, un relámpago de humor.

Marco Fidel Suárez y sus amigos, uno de ellos Luis Martínez Silva. s.f. Colección Particular. ©TeresaMorales
Marco Fidel Suárez y sus amigos, uno de ellos Luis Martínez Silva. s.f. Colección Particular. ©TeresaMorales

En 1875, el joven Marco Fidel estudiaba liturgia, teología dogmática, moral y hermenéutica, materias todas eclesiásticas, y enseña historia sagrada, latín y matemáticas. Las vacaciones de ese año al 76’ y del 76’ al 77’ las pasó en Abejorral con el padre Joaquín Bustamante. Fue designado como Revisor de Cuentas de Fábrica de la parroquia.

Ya en su último año en el seminario, Marco Fidel se matriculó solamente en Derecho Canónico y en Teología Dogmática. Había pasado toda su adolescencia encerrado con sus libros. Con travesuras, claro está, con bromas entre los compañeros, con paseos al río. Había sido feliz pues estaba en su elemento: los libros y los documentos viejos para archivar y ordenar. Todavía conservaba la ilusión de ser sacerdote. Tenía veinte años.

Estos son sus recuerdos en su propia voz:

Entre mis condiscípulos del seminario era uno Ramón Nicolás Cadavid, después sacerdote y cura de Jericó. Inteligente, aplicado y ejemplar, era portento de constancia y esfuerzo. Los filos de su voluntad cortaban tanto que sin tener oído se hizo cantor de nota. Habiéndose resuelto derribar los mangos de un amplio huerto en casa del seminario, que era la muy hermosa que había sido de don José María Gaviria Vieira, nuestro amigo consiguió licencia para sacar los enormes raigones de los árboles y de ellos extrajo buenos dineros con la barra y el hacha. En asuetos cultivaba en su casa de Belén muchas eras, cuyo fruto realizaba año por año y convertía s valor a veces en un muleto que él mismo domaba, hasta presentarse caballero en el macho, al empezar los estudios.

FABRICIO: He oído la fama del padre Cadavid, rico y caritativo.

LUCIANO: Pues bien; cuando estudiábamos, siendo yo seis años menos que don Cadavid (como le decía), y algo pintamonas, le desperté el deseo de que por juego aderezáramos una lámina de lotería, dibujadas en cartón. Aquello fue una delicia para muchos, a quienes guiaba también el piadoso padre Alejo Marulanda. Al irnos para el baño del río un jueves por la tarde, llevamos los cartones, y desdeñado el agua nos entretuvo el juego. En esto se aparece, sobre un hermoso caballo, el prefecto de policía, que era don Rafael Vélez, más severo que el alcalde Ronquillo. Nos sorprendió en Flagrante, sin que uno se imaginara que aquello fuera delito; tomó los nombres en presencia de los guardas del presidio, que componía por allí un trincho. Éramos Cadavid; Calad; Restrepito, Hoyos, el de Nei; el cachaco Estrada, que le metió la cabeza a un zarzal, creyendo que así se salvaba; este mísero de mí y quién sabe cuál más. Ronquillo apretó el paso y se presentó furioso al padre Ignacito, como llamábamos al rector, ya electo obispo de la diócesis. En tono rudo le increpó el delito de los seminaristas; pero informado de que ya era otro el rector, fue e hizo lo mismo ante don Sebastián Emigdio Restrepo.

Regresamos ya pueden figurarse, con el ánimo sumergido en un pozo de aflicción, aunque nos sentíamos inocentes. Vamos a la capilla, y terminado el oficio exclama el rector: “Hoy quisiera yo estar en las Filipinas”. Allí empezó el tormento de cavilar entre nosotros, pero no de consultar con ninguna alma sabia y caritativa que nos consolara en vista desgraciada inculpabilidad. Restrepito, hermano de un jurisconsulto, sí se movió y hablaba con s sabio hermano; pero este recto y severo, plantaba el negocio en el terreno árido de la ley, o sospecharía tal vez que los mozos ya hechos y derechos que figuraban en la colada, no podían ser tan inocentes como se pensaba, y se mantuvo en sus trece llevando la cuenta de la prescripción, o señalando a veces la probabilidad de que nos sacasen a desherbar las calles, si bien nos iba.

LORENZO: Y ¿qué hubo al fin?

LUCIANO: Un año se pasó, montado en un perico ligero. ¡Qué días, qué noches, qué amaneceres! El neutro o chocolate se volvió de rejalgar y la ida a las casas fue un repetido suplicio.

Esos son los recuerdos de Marco Fidel, de los días del Seminario. Días ingenuos y transparentes. Sus preocupaciones eran livianas, había llegado a un puerto donde se sentía seguro. Era feliz de “pertenecer” a un grupo donde sus valores eran respetados, era maravilloso entrar a un lugar lleno de amor a Dios, y donde ese amor era compartido. Llegar, por fin a un mundo propio. No más soledad ni angustia por el porvenir. Doblar la pobre ropa y disponerse a pasar la noche y a iniciar una vida que imaginaba celestial. Estudiar, escudriñar en libros con hermosas palabras, rezar, disfrutar de la protección de sacerdotes que lo admiraban, que lo apoyaban, que tenían fe en su talento y que esperaban que fuera, él mismo, un buen sacerdote.

Ejercicios espirituales, reflexiones… Siempre Cristo, siempre la Iglesia; que son padre y madre. No se caen de su memoria los nombres de sus benefactores. Oigamos lo que dice en El Sueño de la imposición Oficial: “El presbítero doctor José Cosme Zuleta, rector y catedrático del Seminario de Medellín, sacerdote también muy ilustrado y erudito a veces nos recitaba en clase sartas de perogrulladas, que retenía él en su memoria privilegiada.”

Y, en El Sueño de Cuba:

Imagino que nos hallamos reunidos hace cincuenta años, con todos nuestros condiscípulos, en el más amplio corredor del Seminario. Los bancos colman el habilitado salón; a un lado se extiende el jardín, dominado por mangos y naranjos y alegrado por una fuente que clamorea en una pila de mármol. Al extremo del aula improvisada hay una sólida mesa y sobre ella está una silla de brazos antigua. Al sonar la hora sentimos que llega el profesor, y todos a una nos ponemos de pie para recibirle. Es un anciano de mediana y recia estatura, de cabellos blancos, todo afeitado, de vestido negro compuesto de larga levita, chaleco que topa con el cuello blanco y antiguas botas muy bien ahormadas: todo elegancia y sencillez. Sube a la silla y después de la invocación religiosa comienza la no lección sino oración, fluida y expuesta por una voz tan argentina como la de Rojas Garrido, oración sin programas, libre como la voz de las aves y que rueda y versa como una música sobre reminiscencias, anécdotas históricas o morales, temas sociales y políticos, todo bajo la forma oratoria paternal y que exalta fondos de sabiduría y experiencia. Sartal de ideas bellas como palabras y de palabras tan bellas como las ideas; esta conferencia de los sábados nos ponía desde temprano el corazón bajo el influjo de la esperanza. Pero, ¿quién era él? ¡Ah! Es el doctor Pedro Antonio Restrepo Escobar, orador eminente entre aquellos que brillaron en Bogotá a mediados del siglo XIX. Abogado célebre…

Y, en El Sueño de Colón:

Cuanta bondad irradiará el doctor Francisco Antonio Uribe Mejía, cómo será la vena de beneficencia que brota de su alma, cuando hasta este antiguo alumno del Seminario de Medellín guarda en su memoria aromas inextinguibles, producidos por las lecciones y por el trato de aquel varón eximio.

Nos lo imaginamos rodeado de todos nuestros condiscípulos, dándonos lecciones semanales de historia natural en la forma más atractiva y manteniéndonos pendientes de sus palabras y animados del cariño que nos producía su distinguida persona, bella y delicada, en él que contrastaban el negror de su cabello y de su barba con el blanco mate de sus facciones colmadas de distinción.

Se ha dicho que Marco Fidel mismo renunció a ser sacerdote porque no se sentía digno de tan “alta envestidura”. Se ha dicho también que no fue aceptado por su nacimiento irregular. Esta parece ser la verdad. Se debe recordar que, en la solicitud para entrar al Seminario, justificaba su pedido diciendo que “desde su más tierna edad” ha querido ser sacerdote. La Iglesia en aquellos tiempos era rígida, quizás se tramitó una dispensa, como se ve más adelante, pero la respuesta debió ser negativa. De todas maneras, al finalizar el año 1876, Suárez se encontraba en Abejorral con su amigo, el padre Bustamante.

Al terminar sus estudios en el Seminario, Marco Fidel mira a su alrededor. Hay que enfrentarse a la vida. ¿Qué hacer? No ha recibido respuesta de su solicitud de ser ordenado sacerdote. Vacila entre ser maestro o minero según refiere en el Sueño de los Refranes:

No anduve por esos países (Marmato, Supía y Riosucio); pero sí estuve a canto de domiciliarme en ellos, hace el momento de medio siglo, cuando por motivo de la guerra de 1876, tuvo don Bartolomé Chaves que avecindarse en Medellín y verse privado de su opulenta mina de Echandía, cuyos socavones se cerraban a veces con llave y puertas de hierro. Entonces don Pedro Estrada, caballero muy bueno de Envigado, me obtuvo del señor Chaves la promesa de darme un empleo en su real de minas al recuperarlo, de modo que cuando la suerte me empujó hacia este llano alto de Cundinamarca ponderado en belleza y fertilidad por el ministro inglés, coronel Hamilton, ya había querido impulsarme hacia aquellas regiones muy fértiles en las dádivas de Pluto.

Suárez se decide por la docencia. Debieron ser duros esos días para el joven Marco Fidel, ahora entregado a sus fuerzas. A mediados de agosto de 1876 es nombrado director interino de la escuela de Hatoviejo, que era de extremada pobreza.

Son tres años de transición, quizás de frustración, al tener que volver de las alturas de la teología y la literatura que había cultivado en el Seminario, a la enseñanza en una escuelita de párvulos. Quizás es ya un personaje notable en el pueblo, ya que, en diciembre del año 76, su firma aparece en un memorial al gobernador en el que se solicita la instalación del telégrafo. Pero, se puede suponer que no era un medio muy estimulante para el joven maestro.

A mediados del año 1877, Marco Fidel escribe a su antiguo benefactor el padre Sebastián Emigdio Restrepo:

Mi respetado señor:

Necesito hacer al señor Obispo una consulta; pero a causa de serme tan difícil comunicarme con él, se la hago a Ud. y su resolución me satisfará tanto como la que él me diera.

Es el caso que los vecinos de este pueblo han hecho una solicitud al director de Instrucción Pública del Estado, en que piden se me nombre director de la escuela de aquí; y, ¿qué debo hacer yo?, en caso de que me hagan dicho nombramiento ¿Acepto o no acepto?

Esta es la pregunta que le presento y que aguardo de su bondad se digne contestar, siquiera sea por medio de un sí o un no. Hágame el favor de decirme igualmente qué esperanza puedo tener acerca del seminario. Dispense la molestia que le ocasiona su agradecido y afectísimo discípulo.

                                                           Marco Fidel Suárez.

                                                  Hatoviejo. 14 de agosto de 1877.

Esta carta, que se encuentra en el archivo de la curia de Medellín, es muy reveladora. En primer término, porque está fechada el día 14 y el nombramiento se había producido el día 13. Marco Fidel se había posesionado el mismo día 14. Entonces, ¿por qué escribe a su antigua maestro y amigo? Se puede plantear la hipótesis de que esta carta era solo pretexto para preguntar si podía “tener esperanza acerca del Seminario”. Esperaba todavía la dispensa para ser sacerdote. No se tiene respuesta al respecto.

Marco Fidel trabajó hasta terminar el año 1877 y con intervalo de algunos meses, en los cuales debió retirarse por problemas de salud, dedicó sus energías a la formación de los niños de Hatoviejo.

Esta es la descripción de la escuelita, hecha por un visitador escolar en 1878: “… es de tapia y teja muy espaciosa, situada en la parte occidental de la plaza y pertenece al distrito de Medellín.” A ella concurrían 84 niños que estudiaban lectura, escritura, aritmética, ortografía, religión, historia sagrada y zoología. El mobiliario constaba de 12 bancos, 11 mesas, 1 tablero, 48 pizarras y 100 gises; además, 16 aritméticas, 23 gramáticas y 1 botella de tinta…

No debe asombrar que, al saber que el joven maestro cuando se declara la guerra civil en el estado soberano de Antioquia líe sus bártulos, abandone las pizarras, los gises y la botella de tinta y se aliste en el ejército como soldado raso.

[1]     Horario del Seminario

A las 5:00 a.m. se despertará con el sonido de la campana.

A las 5:15 a.m. se dará la señal con doce golpes de campana y al momento todos los colegiales se dirigirán a la capilla en donde, puestos de rodillas harán el ejercicio matutino. En seguida se dirá la misa, que oirán todos. Acabada la misa saldrán todos en buen orden a sus salones respectivos, a hacer cada uno su cama, bañarse y peinarse, para todo lo cual se dará un cuarto de hora y se toca a desayunarse. El desayuno se tomará de pie en el refectorio y saldrán inmediatamente a los claustros a estudiar hasta las 8:30 del día.

De las 8:30 a las 9:30 a.m. será el almuerzo y los alumnos externos saldrán a su casa con el mismo objeto.

De las 9:30 a las 11:30 a.m. son las horas destinadas para las clases. De las 9:30 a las 11:30 a.m. será estudio para los que no tuvieses clases. Para el estudio habrá la debida separación conforme lo disponga el Rector, y es prohibido a los alumnos externos pasar a los claustros donde estudiarán los internos.

De la 1:30 a las 2:30 p.m. será la hora destinada para la comida, durante cuyo tiempo debe estar cerrada la puerta del colegio.

El orden de entrada al refectorio será el siguiente: a la entrada se formarán en dos salas los colegiales, por orden de antigüedad, sin entrar hasta que no llegue el superior, quien preside. Hecha la bendición de la mesa por éste, cada uno tomará su asiento y comerá en silencio. Durante la comida se leerán las vidas de los varones ilustres del cristianismo.

Después de comer, recreación en común hasta las 3:00 p.m., cuando se tocará a estudio general en los claustros.

De las 3:30 a las 5:30 p.m. serán las clases y los que no estuvieren en clases estarán en estudio hasta las 5:30 p.m. en que se tocará a descanso.

De las 5:30 a las 6:00 p.m., merienda.

A las 6:00 p.m. a la Capilla, donde se hará el ejercicio nocturno y se rezará el Rosario a la Virgen Santísima.

A las 7:00 p.m. se toca a estudio para preparar las conferencias. Este se tiene de las 7:00 a las 8:00 p.m.

De las 8:00 a las 9:00 p.m., recreación.

A las 9:00 p.m. se tocará la campana para retirarse a dormir, desde cuya hora se guardará silencio. Los colegiales en sus respectivos departamentos harán sus oraciones en común al tiempo de acostarse.